viernes, 23 de enero de 2015

Capítulo 7

   
        Susana, ansiosa, esperando las noticias del Sr. Santos, solo daba vueltas por la casa: de la cocina al salón, del salón a la cocina. Su tía le pedía tranquilidad, calma, pero Susana no podía estar parada. Esa visita era muy importante para ella y, por supuesto, para su padre. Desde que supo esa misma mañana que el Sr. Santos iba a visitar a su padre, no pudo concentrarse en el instituto. Andaba distraída por los pasillos, en clase se perdía en la explicación de los profesores, durante el recreo no prestaba atención a sus amigos y no se enteró de los cotilleos que sus amigas más cercanas estaban comentando. Por lo tanto, no se enteró de que Sergio, un chico de su clase que traía locas a todas las adolescentes volvía a estar soltero. Su mente estaba ocupada, única y exclusivamente, en la conversación que se estaría llevando a cabo en ese momento en la sala de visitas del centro penitenciario donde estaba padre.



        Cuando llegó del instituto seguía sin saber nada; su tía Ainhoa había estado pegada a la mesita del teléfono. Comió un poco de estofado y se paseó por la cocina con la taza de café en la mano. Nada. Las cuatro de la tarde y ni una sola llamada. ¿Tanto estaba tardando esa reunión? ¿Y si no había tenido permiso para poder verlo? ¿Y si su padre se negó a verlo? Estaba ya desesperada.

        Por más vueltas que diese, esa llamada no iba a llegar antes, por lo que decidió subir a su habitación e intentar estudiar para el examen de Literatura Griega que tenía la semana que viene. No estaba ni para conocer la estructura de la Ilíada ni para saber si el Homero de la Ilíada era el mismo que el de la Odisea, pero tenía que intentarlo.
"Canta, diosa, la cólera funesta del Pélida Aquiles, que..."
-Uff. ¿Habrán hablado ya? -Susana no podía mantener la mirada fija en su libro de texto ni concentrarse. Se disponía de nuevo a intentar leer el inicio de la Ilíada cuando su tía la llamó.
-Susana, baja.
Susana bajó la escalera a saltos, corriendo y tropezando con todo lo que se ponía por medio. El Sr. Santos la esperaba en la entrada de casa.

-¿Te han dejado hablar con él? -Preguntaba desesperada, ansiosa por saber. Había fallado a su padre una vez y no quería volver hacerlo. Esa culpabilidad no la dejaba dormir, a veces.
-Si, Susana. Hemos podido hablar, aunque no mucho tiempo. Ya sabes cómo son esas visitas rutinarias. -Silencio. Nadie habló.
-¿Y?
-Y...bueno, tu padre me echó varias cosillas en cara primero, pero luego me dejó hablar. La carta no es suficiente para reabrir el caso. Creo que ya te hacía tú misma una idea de eso. Necesitamos más pruebas, pero se ve que tu abuelo dejó las cosas bien echas. Para mi que ha visto Crímenes Imperfectos -soltaba una carcajada a la que Susana respondió con una mueca de incredulidad- demasiadas veces como para cometer él algún error.
-¿Entonces no podemos hacer nada?
-Sí, sí que podemos. Aunque...eh...hay que hacer algo poco legal. Tu padre sugirió revisar la autopsia de tu abuela. Cree que fue saboteada, que pusieron su ADN en el cuerpo de la víctima para inculparlo. Para eso necesito que tú me ayudes. ¿Querrías?
-Por supuesto. ¿Qué tengo que hacer? -Susana estaba muy decidida, en ese momento podría hacer cualquier cosa que le pidiese.
-Sigues de voluntaria en el hospital con los niños, ¿verdad?
-Si, claro. -Susana pertenecía a un grupo del instituto que habían creado alumnos de su clase con la ayuda de un profesor para alegrar algunas tardes de los pequeños que tenían que permanecer ingresados por una larga temporada.
-Pues necesito que te escaquees un momento cuando estés con los niños. Lo que tendrías que hacer sería bajar al semisotano que hay bajo la sala de urgencias. Al lado de la morgue, están los archivos. Nunca suele estar vigilado, pero de vez en cuando hay algún que otro enfermero, así que intenta camuflarte. Una vez dentro, busca un casillero con el año de la defunción de tu abuela, y luego, por apellidos. Coge la carpeta entera, no creo que nadie la eche de menos.
-Ajá. -Fue lo único capaz de responder. Su cara mostraba incredulidad y asombro a la vez por todo lo que acababa de escuchar. -¿Tenías una asignatura sobre esto en la carrera?
-No preguntes. -Entre risas, fue lo único que pudo, o quiso, responder.

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