martes, 27 de enero de 2015

Historia de dos


Esta semana tenemos descanso de 'Nunca es tarde', así aprovecho para que leáis algo distinto. Escribo relatos románticos/eróticos, como prefiráis catalogarlo. Nadie ha leído esos relatos, puesto que siempre me ha dado cosa que la gente conozca esta faceta de mi. Pero ahora, me atrevo. Me gustaría saber que os parece. Y, sobre todo, que lo disfrutéis. Un gran saludo.




HISTORIA DE DOS
      El sol entraba tímidamente por las persianas medio abiertas de la habitación. El cohibido rayo iluminaba la cara de la joven. Su pelo negro caía sobre la blanca almohada, mientras su cadera era sujetada por el recio brazo de un hombre joven. El sol no era el único que daba luz al rostro de la muchacha: una leve sonrisa espontánea en sus labios ayudaba en su luminosidad. 

        La sonrisa era el reflejo de sus pensamientos; unos pensamientos, ahora recuerdos, que ocupaban su mente. Sus soñolientos ojos miraban a quien dormía junto a ella. Su respiración suave acompañaba a la respiración serena del joven. De pronto, su sonrisa se amplió: era feliz y estaba a gusto así. Con la imagen del joven grabada en su retina se quedó de nuevo dormida, acurrucada contra el pecho del muchacho. Comenzaba así la historia más feliz de su vida.
---------------------------------------------------------------------
     
      La carretera serpenteaba ante la atenta mirada del coche. El sol calentaba el asfalto, pero dentro del vehículo el aire era fresco. Ruth hablaba incansablemente –cuando se pone nerviosa suele hablar mucho- con Víctor. Se conocían de antes, de un par de semanas antes, pero todavía se ponía nerviosa al hablar con él. Era la primera vez que Ruth se aventuraba a ir a una casa con un muchacho al que conocía de hacía poco tiempo. Eso incrementaba más su nerviosismo. 

  Existía entre los dos un pequeño pacto: nada de sexo a no ser que ella lo pidiese. Ese fin de semana era para conocerse mejor. La situación de ambos era un poco difícil: habían experimentado cambios en su vida sentimental. El verano de ella había sido tranquilo y el de Víctor un tanto…movidito.  

El día pintaba tranquilo: comer, ver una peli, compartir anécdotas y recuerdos personales; ir conociéndose. En el ambiente se respiraba un poco de tensión, sobre todo por parte de Ruth. Su forma de pensar la hacía actuar de una manera, mientras se moría de ganas de comportarse de otra. No quería volver a sentirse utilizada, ni como un juguete nuevo, pero estaba deseando sentirse mujer, sentirse amada. Lo que ella temía es que no ocurriese tal cosa. 

Después de un rato de charla, los dos se comían con la mirada. Empezaron los besos, los roces en el sofá, el ambiente un poco más cálido, y el nerviosismo plasmado en las pulsaciones de los dos. Ruth quería dejarse llevar, pero su temor la hacía frenarse. La pasión seguía latente en el pantalón de Víctor y el corazón de Ruth latía más rápido de lo normal. Finalmente, decidió dejarse llevar y, con voz queda, casi en un susurro, le dijo que se olvidara del pacto.


Subieron lentamente las escaleras, besándose, dejándose llevar por lo que sentían en ese momento. La cama esperaba a que los amantes consumieran la pasión que hacía brotar sus instintos más animales. La tumbó, retirando la camiseta que tapaba el pecho desnudo de Ruth. Empezó a besarla por el cuello y, de vez en cuando, se acercaba al lóbulo de su oreja. La boca de Víctor recorría cada poro, ahora sensible, de la joven. 
Cuando ya tenía todo el vello erizado, Víctor comenzó a descender a su pecho. Besos y una suave respiración recorrían sus turgentes pechos y su canalillo. De pronto, un pezón fue atrapado por los dientes de Víctor. A Ruth se le cortó la respiración, pero su cuerpo no paró, reaccionó ante aquel estímulo. La respuesta que Víctor sintió en el cuerpo de la joven, hizo que cambiara al otro pezón. Esta vez la respuesta fue distinta: la respiración de Ruth se aceleró, como pidiendo más. Víctor, se percató de los movimientos pélvicos de Ruth. Así que decidió viajar un poco más al sur: besó su vientre, su ombligo y le pegó un pequeño mordisco en la parte baja de la barriga. 
Ruth, se aceleraba de nuevo. Víctor hizo un camino de besos desde el ombligo hasta la parte interna de sus muslos. Ella no pudo evitarlo y arqueó su espalda, mientras apoyaba sus manos en la cabeza de Víctor empujándolo hacia ella. La lengua de Víctor jugueteaba con el clítoris de la muchacha, presionándolo con la lengua y atrapándolo con los dientes. Ruth gemía y se mordía los labios. Estaba sintiendo lo que nunca había sentido. Estaba experimentando tal éxtasis que eso la asustaba. 

        En ese momento, Víctor se sintió como un chaval que experimenta por primera vez el sexo, tanto que no atinaba con el preservativo. Ruth, un poco desconcertada, vio como dejaba la habitación. La excitación por el momento presente provocaba nerviosismo en ambos. Víctor volvió a entrar en el dormitorio. La rodeó con sus brazos, la besó, la hizo sentirse amada. Le acarició la cara, suave y dulcemente, mientras introducía su miembro inflamado por el deseo. Fue cuidadoso al principio, despacio y con suavidad. Cuando el cuerpo de Ruth empezó a responder y a acompañar los movimientos de Víctor, éste aceleró sus movimientos. Las embestidas se volvieron más fuertes y más placenteras para ambos. La respiración de ambos se entrecortaba con cada una de las arremetidas. Se dejaban llevar por el placer. A Ruth le faltaban manos para poder acariciar cada centímetro de su espalda, mientras que las  manos de Víctor se habían apoyada a cada lado de la joven. De pronto, un ruido gutural salía de Víctor a la vez que Ruth gritaba y buscaba aire que entrara en sus pulmones. Habían llegado al placer, habían encontrado el éxtasis, el orgasmo se había hecho uno en el aire. 

  Ruth hizo el amor como nunca lo había hecho. Era distinto. Víctor se preocupaba por lo que sentía, si le gustaba, si estaba bien. Terminaron agotados, abrazados, exhaustos. Ella se puso una camiseta del joven que encontró cerca de la cama. Volvieron al salón para seguir viendo fotos y charlar de cosas varias. Ruth se puso en el sofá con el ordenador, mientras él daba vueltas por la casa, de un lado para otro. Sólo le pidió una cosa: nada de entrar al baño. 

  Tras un buen rato, Víctor llamó a Ruth. La esperaba en la puerta del baño con una venda para los ojos. Se los tapó cuidadosamente y la condujo al interior de la estancia. Ruth estaba inquieta, no entendía nada, no sabía qué pasaba. Víctor, un tanto nervioso, retiró delicadamente la venda de sus ojos. Ella estaba en el centro del baño. Un baño iluminado con velas y una bañera llena de agua caliente esperando a ser utilizada. A la muchacha sólo se le ocurrió girarse y besar al joven, mientras que de su boca salían palabras de asombro y agradecimiento. 

  Los dos se dieron un baño relajante. Uno apoyado sobre el otro. Disfrutando del tacto del agua cálida en su piel, del tacto de la piel del otro. Víctor decidió salir de la bañera y dejar que ella disfrutara de un baño relajante y tranquilo, dejar que ella se sintiera cómoda, a gusto. 
Volvió, después de unos minutos, a buscarla, ya con ropa interior puesta. La ayudó a salir de la ducha y la rodeó con una toalla. Cuando la secó ella quedó desnuda ante él. La visión de la figura de la joven inflamó el deseo del muchacho, atrayéndola hacia él. Se sentó en el inodoro y la colocó sobre él. Se besaron como si llevaran tiempo sin verse, sin sentirse. Volviéndola a penetrar y ardiendo en deseo, la hizo de nuevo suya. En uno de los momentos en los que sólo se rozaban la boca, o sentían sus mejillas, Víctor le susurró “Te quiero”. Ella no entendió, más bien, no escuchó lo que le dijo. Y siguieron besándose. 

  Iban de un lado para otro besándose y sintiendo la piel del otro por cada rincón de la casa. La cama fue testigo de muchos momentos ardientes. Tras hacer el amor una de las veces, Víctor volvió a decirle “Te quiero”. Ruth no creía lo que había oído, pensaba que soñaba e hizo repetírselo. Víctor, sin vacilar, se lo volvió a repetir. Fundiéndose en un largo beso. 

  La sonrisa era el reflejo de sus pensamientos; unos pensamientos, ahora recuerdos, que ocupaban su mente.  Sus soñolientos ojos miraban al hombre joven que dormía junto a ella. Su respiración suave acompañaba a la respiración serena de Víctor. De pronto, su sonrisa se amplió: era feliz y estaba cómoda así. Con la imagen del joven grabada en su retina se quedó de nuevo dormida acurrucada contra su pecho. Comenzaba así la historia más feliz de su vida.

1 comentario: