viernes, 23 de enero de 2015

Capitulo 8

        El Sr. Castel no se había levantado de la cama desde que Susana salió por la puerta de su habitación. No se debía a una nueva recaída, aunque probablemente evitase alguna que otra. Pero no se levantó de la cama porque no le quedaban fuerzas para seguir con la mentira que había iniciado haces seis años. Estaba mayor, muy mayor, y cansado. Empieza a tener sentido y a cobrar forma la idea del Karma. Sí, existía el Karma y ahora se estaba revelando contra él. No sabía que le dolía más, si su corazón dañado por el infarto o su corazón dañado por la traición. Había sido traicionado por su propia nieta, por su familia. ¿La preocupación que reflejaron sus ojos durante su estancia en el hospital fue sincera? ¿O fue una muy buena actuación, digna de un Óscar? Nunca pensó que Susana podría hacer algo así.

        Esteban había dejado de asistir a los talleres y a las excursiones, prefería quedarse en casa, tumbado al lado de su padre y ver algún reality show como Top Chef. Era ajeno a lo que había pasado con su sobrina Susana. No sabía nada de nada y, de hecho, no había vuelto a preguntar más por la carta. La última vez que vio y preguntó por ella fue cuando su padre la tomó prestada del despacho del Sr. Santos. 

        El Sr. Castel miró hacia la mesita con la intención de descolgar el teléfono, pero un repentino movimiento en el otro lado de la cama hizo que olvidara esa idea y girara su cabeza en esa dirección. Esteban se había quedado dormido y se había dado la vuelta bruscamente. Volvió a mirar hacia la mesita de noche y, esta vez, si que descolgó el teléfono. 
-Buenas tardes. Me gustaría poder hablar con el preso Raúl Soriano, por favor. -Una potente voz, a través del auricular, rehusa su petición. -¿Cómo que no puedo hablar con él? -Una nueva negativa de esa voz tan imperiosa, a la cual ya se habían acostumbrado sus oídos. -Sé que existe un horario de visitas, pero no puedo ir, estoy enfermo, en cama. -Espera la respuesta, silencioso, la potente respuesta. -Bueno, pues muchas gracias. Por nada. 

        El Sr. Castel colgó el teléfono, frustrado. Susana no contestaba a sus llamadas y, en el caso de contestar, ella le preguntaba por su salud y no daba pie a una conversación. Colgaba tras la respuesta de su abuelo. Las conversaciones venían a ser así:
-¿Susana, eres tú?
-Sí, abuelo. ¿Que tal te encuentras?
-Mejor, me duele un poquito el pecho, pero las pastillas me calman. 
-Me alegro, entonces. Hasta luego. 
Pi,pi, pi,pi...
El Sr. Castel quería saber que había hecho con la carta, pero como no le hablaba sobre ello, decidió llamar a Raúl, aunque no obtuvo buen resultado. Sólo le quedaba esperar a que sus fuerzas volviesen cuando quisieran, y así empezar a hacer las cosas por él mismo. Otra vez.

----------------------------------------*-------------------------------------------------

-Pero, ¿por qué no puedo colarme en el archivo? -Renegaba Susana, sentada en una silla de la cocina mientras le daba vueltas a la cuchara de su chocolate caliente, ya frío. 
-Pues porque no me parece bien, Susana. Y punto. ¿Tú te crees que si tu madre estuviese viva te dejaría correr ese riesgo? No veo bien que por ayudar a tu padre a salir, cosa que estoy deseando que ocurra, te van a meter a ti en una residencia para menores. O en algún sitio raro de esos. 
-Tía, pero... -Una lagrima triste y enrabietada escapaba del ojo de Susana mojando su sonrojada mejilla. 
-Cariño, yo, más que nadie en este mundo, te entiendo y soy la primera, o la segunda después de ti, que quiere ver a tu padre fuera. Pero no puedo permitir que corras un peligro así.
Susana bajó la mirada hacia su taza. No quiso soportar la mirada inquisidora y, a la vez, comprensiva de su tía. 
-De acuerdo. Está bien. No haré nada. -Debajo de la mesa, Susana cruzaba los dedos. -Te lo prometo. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario