martes, 16 de diciembre de 2014

Capítulo 4

        La cena le sentó mal al Sr. Castel y no podía dormir. Sin embargo, a Esteban se le oía roncar en su habitación. Las letras de la carta de Isabel daban vueltas en su mente. Una y otra vez. Sentía rencor hacia su difunta hija por confesar. Desde que conoció a Raul supo que su hija no iba a ser la que siempre había sido. Se había dejado llevar por él. ¿O era él mismo quien había cambiado y no vio las cosas con claridad? No. Fue su hija.


        Decidió levantarse y bajar al salón. No podía conciliar el sueño, pero tampoco quería intentar dormir. Pasó, primero, por la habitación de Esteban. Se asomó a la puerta y vio que estaba plácidamente dormido. El Sr. Castel le daba vueltas a todo lo que podía ocurrir. ¿Y si el Sr. Santos había leído la carta y estaba esperando el momento adecuado para culparlo? ¿Raul sabría sobre la existencia de la dichosa carta póstuma? Necesitaba aclarar todas esas preguntas, pero tenía miedo a que solo fuesen temores y terminar contando él la verdad. Mañana iría a hablar con Susana. Claro, si la podía ver a solas. La llamaría primero. Sí. Eso haría. Tras varios minutos de pensamientos turbadores, se quedó, finalmente, dormido en el sillón sin darse cuenta.

       A la mañana siguiente, el Sr. Castel descolgó el teléfono, pero el miedo invadió su fuerza y decisión y lo volvió a colgar. Esteban esperaba en el salón a su transporte para ir a la clínica. Hoy tenían taller de cocina: tartas y galletas. Se oyó un claxon, una despedida rápida y un portazo. Ya estaba solo. Volvió a descolgar el teléfono. Marcó los números y escuchó los tonos. Al tercer tono...

-¿Si? -La voz de Susana se escuchó al otro lado.
-Susana, ¿eres tú? -El Sr. Castel pronunció la pregunta con la voz titubeante.
-Si. ¿Qué quieres abuelo? ¿Quieres contarme algo? Porque ya lo sé todo.
-Lo imaginaba. Pero me gustaría que me escuchases, quiero explicarte porqué hice lo que hice. Solo te pido unos minutos de tu tiempo. A solas.
Una breve pausa tras la otra línea del teléfono puso al Sr. Castel los nervios de punta.
-Está bien, abuelo. -Suspiró Susana. -Te concedo unos minutos. Te espero en una hora en la puerta del instituto, no tengo clase hoy, pero mi tía no lo sabe.
-Gracias, cariño. Gracias.
-No hay de que. -Y la llamada se acabó.

        Volvió a su habitación y sacó la carta del cajón de su mesita. ¿Cómo un simple papel podía destrozar tanto su vida? De pronto, involuntariamente, se echó una mano al pecho, al lado izquierdo. Una fuerte presión en el corazón empezó a dejarlo sin aire, le costaba trabajo respirar. Tomó aire y lo soltó lentamente. Así varias veces. Tras un buen rato, el dolor pasó. Ya era la hora. Se puso su abrigo y se marchó. La carta se había quedado fuera de la mesita, sobre la cama. No había reparado en ella tras el dolor.

        Susana esperaba impaciente y nerviosa en la puerta del instituto. Había mentido a su tía, esperaba, por una buena causa. Al menos lo escucharía, lo que no sabía era si podría comprenderlo y, lo más importante, perdonarlo. Ella quería a su abuelo, siempre habían estado juntos, pero el daño hecho a su familia era más fuerte que los sentimientos que podía tener hacia él. Pensaba que las familias solo se traicionaban en las películas y en los libros. Se equivocaba. Ella era protagonista de una.

       Cuando ya estaba cansada de esperar y decidió irse, llegó su abuelo.

-Susana, cariño, perdona la tardanza. -Se disculpó el Sr. Castel fatigado y dolorido. El pinchazo volvía a fastidiar. - ¿Nos sentamos en ese banco de ahí? Vengo un poco cansado.
-Mejor entramos a la cafetería, hace frío y puede empezar a llover en cualquier momento.
-Sí, mejor. Algo caliente me vendrá bien.
El camino a la cafetería parecía eterno, nunca llegaban. Pero todo era por el silencio sepulcral que ambos compartían. Ninguno de los dos abría la boca ni para respirar. Entraron a la cafetería y se sentaron cerca de la ventana, pues eran los asientos más apartados del barullo de adolescentes estresados por los exámenes que se aglomeraban en los asientos más cercanos a la barra.
-¿Qué tal estás, Susi? ¿Vas bien en los estudios?
-Abuelo, no hemos venido aquí para hablar sobre mis estudios. ¿Qué es lo que me tienes que contar?
-Yo...yo, ¡ay!...-El Sr. Castel se quedó sin aire, tirado en el suelo de la cafetería y con la mano agarrándose el pecho.
Susana empezó a llamarle, a darle golpecitos en la mejilla para que abriese los ojos y a llorar desesperada. Un camarero, alertado por uno de los estudiantes, llamó a la ambulancia. El Sr. Castel estaba sufriendo un infarto.


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