martes, 16 de diciembre de 2014

Capítulo 3

      Esteban se crió como todos los niños de la época en la que nació: jugando en la calle. Era un chico sonriente, amable y, sobre todo, educado. Era el ejemplo que usaban todas las madres para los chavales malotes de la vecindad. Sus padres y su hermana pequeña siempre tenían palabras de amabilidad y de orgullo para él. Un mañana, cuando se dirigía al instituto, un coche se cruzó en su camino.

Esteban llegó al hospital en un estado crítico, prácticamente muerto. Tras varias semanas en la UCI, abrió los ojos y preguntó por su madre: ya no era el que había sido siempre. En el accidente, sufrió daños cerebrales irreversibles. Con el paso del tiempo se acostumbraron a su comportamiento infantil y a su fuerza incontrolable. Todos, excepto la Sra. Castel, quien no soportaba ver en lo que se había convertido su hijo: un crío de cinco años encerrado en el cuerpo de un hombre. Esteban reclamaba su atención y ella lo rechazaba, ella no quería un hijo así. Por lo que Esteban buscó refugio en su padre.

        Desde el momento en el que el Sr. Castel vio el rechazo de su esposa hacia su hijo, decidió protegerlo por encima de todo. No permitiría que nada lo hiriese o le hiciera sufrir. Intentaba siempre evitar que se enfadara, ya que se ponía muy nervioso y no controlaba lo que hacía. Isabel pasó de ser hermana, a madre de su propio hermano. Su padre siempre se lo agradeció. Hasta que Isabel empezó a salir con Raul, quien se convertiría en su marido más tarde. El Sr. Castel se encontró de pronto solo. Su mujer vivía encerrada en su habitación e Isabel se había mudado con su marido y su hija recién nacida a una casa alejada de la suya. Eso nunca se lo perdonaría, él lo había dejado todo y su hija lo abandonaba para tener una nueva vida. Decidió seguir adelante solo, criando y educando nuevamente a Esteban.

        Por las mañanas va a una clínica con otras personas que habían sufrido algo parecido. Allí se entretiene con actividades programadas y manualidades. Con esta terapia se volvió un poco más independiente, pero prefiere la compañía de su padre. Antes caminaba hasta un parque cercano de casa y allí se sentaba a ver como otros niños jugaban. Nunca ha intentado jugar con ellos, simplemente se sienta a mirar. Su padre lo recoge allí todas las tardes para ir a cenar. Desde que ocurrió el accidente no ha frecuentado más el parque, ahora prefiere una plaza que hay cerca del ayuntamiento, donde ve a los ancianos pasear y echar sus partidas al dominó. 

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