lunes, 24 de noviembre de 2014

Capítulo 1

     




        Una mañana más, como todos los días desde hace seis años, Raúl se levanta de la cama a eso de las ocho. Se asea, desayuna, saluda a unos cuantos vecinos y se dirige al taller donde trabaja. Es alfarero y su especialidad son los grandes jarrones muy bien decorados. Para la hora del almuerzo ya tenía dos jarrones cociéndose y uno a medio decorar. 

        Vuelve por el mismo camino que había tomado esa mañana -el mismo de todos los días-, saluda a otro par de vecinos, come algo y se mete en su cama. La hora de la siesta, su hora favorita. Mientras otros prefieren dormir, él aprovecha para leer. Su libro favorito es la Ilíada. O eso, o es el único que tiene encima de la mesita de noche, ya que lo ha releído unas ochenta veces. 


        A las cinco va al gimnasio, se ejercita un rato y se da una ducha para asearse, relajarse y dejar que el agua se lleve todas sus preocupaciones. Si hace buen tiempo va un rato con unos compañeros de taller a una plaza cerca del taller. Como hoy no es el caso, se queda en su habitación escuchando el silencio, pues no le gustaba ver la televisión. Así eran y son sus días. Excepto los domingos, que cambiaba el taller por la capilla. No es que Raúl sea muy devoto, pero hablar con el párroco de la zona le aliviaba un poco.
A las nueve, una ligera cena y a la cama a esperar a que Morfeo se apiadase de él pronto.

        Un amanecer más en la monótona vida de Raúl. Lo que no sabía era que no era un día corriente para él. Se levantó, desayunó y fue al taller. Comió y leyó, pero no fue al gimnasio. Una carta, inexistente esa mañana, descansaba en la palma de la mano del oficial que se la entregaba. Extrañado por esa aparición -para él era una aparición, puesto que no había recibido una igual desde que se mudó- no se atrevía a abrirla. Sacó fuerzas y las abrió. Como había visto a sus vecinos hacer en ocasiones anteriores, la leyó en voz alta:

Querido papá: 
Soy yo, Susana, tu pequeña. Bueno, ya no tan pequeña, tengo ya dieciséis años. Desde que te mudaste hace seis no he sabido nada de ti. Nada. Y tú de mi tampoco, claro. Sé que te estás preguntado: ¿y esta carta ahora?  Pues muy sencillo. Mamá murió hace un par de semanas, se puso muy enferma y no aguantó. Antes de que su luz se apagara para siempre me entregó una carta, la cuál está en manos del abogado de la familia. Cuando la leí no daba crédito a lo que estaba confesando. Después de tanto tiempo, callada y maltratada, se decidió. No te escribí antes porque no sabía la verdad y ahora solo puedo decirte que lo siento. Tendrás más noticias en breve, papá. Espero que quieras venir a visitarme pronto. Sabes que aquí está tu casa.
Tu pequeña que te adora. 


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